Acabo de leer un artículo que de entrada decía algo así como que un estudio sueco había demostrado que guardarse el malgenio cuando el jefe lo trata a uno mal causa graves problemas cardíacos. Me pareció emocionante eso de que es mejor cuando el tipo va y le dice al jefe (o le comenta a sus compañeros) que lo trataron como un culo, que se siente la basura más ínfima del universo por que a su jefe le pareció bien así. Sin embargo, más adelante resulta que el tal estudio demostró que también los que gritan, lloran, se arrancan los pelos y empujan lo que se les atraviese cuando los tratan mal en el trabajo, tienen la misma posibilidad de enfermarse del corazón (¡!).
Por supuesto la sensata conclusión a la que llega el artículo es que se necesitan más estudios para saber cómo reducir la incidencia de enfermedades cardíacas en el mundo laboral. Bueno, yo creo que lo mejor es que los jefes de estos monstruos financieros, que tienen que vender el alma al diablo cada mes a costa de la vida y obra de sus trabajadores, dejen de tratar al todo el mundo como una basura… es lo mínimo: tratar bien a quien sostiene toda la máquina de la producción.
Ya se que al igual que miles de situaciones parecidas, es mucho más fácil decirlo, teorizar sobre esas situaciones que se reproducen una y otra vez en los no-lugares del mundo, donde el trabajo se ha convertido en deshonra, en la sesión de los derechos por los que miles de trabajadores en el mundo han luchado por años. El hambre crece y el miedo a quedarse en la calle, por fuera del mercado, es la pesadilla que acosa todos los días a cientos de seres humanos que valen menos que la silla en la que se sientan a verle la cara al mismo idiota que se cree un enviado de la divina providencia.
Y el que paga por esta increíble máquina que genera estudios, libros, artículos, cursos, conferencias, páginas, comerciales, campañas publicitarias, calmantes, terapias, grupos de apoyo, documentales, episodios de televisión, y hasta suicidios colectivos (como en Telecom-Francia), es el corazón. Más allá de lo que el mejor romanticista del siglo XIX pudiera haberse imaginado, esas experiencias modernas de la anomia, la masificación y el intercambio de la personalidad individual por la conducta colectiva, terminaron dañándole el corazón a la población mundial.
Mejor que madam Bovary en su mayor momento de desesperación, o cual si se tratara de Ana Karenina, los empleados de las empresas del último siglo se han rendido ante el peso de la desazón y la injusticia humana (oh!), los dioses se han quedado sordos, y ni Buda, ni Crishna, ni Alá, ni Dios, ni Yave, ni Jehová ni el espíritu místico de Michael Jackson vendrán a resucitar sus muertos corazones, ahogados no solo por quilos y quilos de manteca proveniente de las comidas ultrarrápidas, o de los ataques nerviosos después de un round de cariño con sus respectivos jefes, sino por que al caer la noche y meterse en sus camas con quien han compartido esos años de desazón y comemierdismo, se duermen renegando, y el placer se les va en palabras no dichas, en lo ojos morados y las quijadas rotas que con mucho gusto habrían dejado en unas cuantas oficinas.
miércoles 25 de noviembre de 2009
Al borde de un ataque masivo al corazón
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María Santos
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jueves 10 de septiembre de 2009
Solo palabras
En las noches escribo mentalmente notas que parecen importantes, pero que con la luz del día van perdiendo su sentido. Palabras enredadas en los sueños, silencios luminosos que se desenrollan docilmente como olas.
Cientos de palabras se me escapan tratando de recordar esa pequeña dramaturgia de la espera, que es el monólogo interno. Imágenes de mí misma dispersas en cada minuto que corre, bajo el mismo cielo que me mira y me recuerda que no hago nada.
La noche se alimenta de enormes babeles mentales, y a veces pesan tanto que es como si el cielo estuviera hecho de alfileres y se precipitara con una lluvia pertinaz sobre nuestras cabezas desnudas. A veces se pone clara y blanda, y las palabras son nubes mágicas y luminosas que nos dan respuestas rápidas a preguntas sin sentido. Como la felicidad.
A veces escribo tratados interminables y los grandes misterios que me roban el sueño resultan siendo pequeñas rayuelas que Oliveira acaricia desde la otra orilla.
A las noches agitadas siguen las mañanas soberbias y lúcidas, cuando el ruido de los días y del mundo girando sobre su eje de cheques le niegan el color... los universos nocturnos palidecen y quedan relegados en la memoria, como una libélula transparente que desaparece con un soplo.
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María Santos
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lunes 1 de junio de 2009
Las civilizaciones a la hora del recreo

www.jeffjordanart.com
De tanto escuchar a Diana Uribe y su “Historia del mundo”, me he ido convenciendo de que esos, de quienes aprendimos en el colegio que eran los más brutales, inteligentes, “avanzados”, aguerridos, “civilizados”, domadores de tormentas, hacedores del bien, inventores de la ciencia única y de las medidas universales, los instauradores del orden eterno, creadores de lo bello y lo deseable, comandantes de los gustos y clasificaciones, esos de quienes nos enseñaron que habían venido a traernos la paz y un dios verdadero, todo con el fin de sacarnos del “atraso”, la “barbarie” y la incibilización que nos agobió por tantos y tantos siglos felices, viviendo y muriendo de acuerdo a lo que se nos cantaba, esos fueron precisamente los que andaban miando fuera del traste.
Al parecer, en realidad todos los que vivían a su alrededor sin molestarlos, por allá en el Asia, en el África, y aún en la insospechada América, eran los que andaban tocando los límites con lo divino y lo humano, inventando todo lo que siglos después a los europeos les pareció lo último en guarachas; eso sí, cada uno matándose muy a su estilo, de acuerdo a una serie de particularidades sociales e históricas, que por supuesto, para los desconcertados ojos de los conquistadores no podían significar otra cosa que el acabose, pues sencillamente no se les parecía a las bucólicas (y terriblemente violentas) escenas que acontecían en sus casas.
Es decir, occidente es como el niño que llega a la hora del recreo, y en vez de dejar que cada uno juegue como se le venga en gana, se para al lado de los que le parecen sospechosos por desconocidos y les tumba los castillos de arena, les hace tachones en los dibujitos, les roba la lonchera y les bota el jugo y las papitas en la mitad del patio.
Debe ser por eso que a los niños callados y calmados se los trata como a enfermos mentales, inhábiles y con dificultades, unos engendros que “no saben ni dónde están parados”, así a los cinco años las máximas pistas de ubicación concisten en saber si es el colegio o la casa, el patio o el salón, de día o de noche, arriba o abajo… todas esas estupideces inherentes al ser y al espíritu que hoy valen lo que el pedo de un camello.
Y occidente (o sea, nosotros) premia a sus hijos ilustres, y el ejemplo a seguir, el que mejor se desempeña como ser humano y al parecer, tiene mayores derechos sobre el agua, la tierra, el fuego y el aire es el que viene a acabar hasta con el nido de la perra, como diría mi abuelito. El ganador en este match civilizacionario es el que más ciudades destruya, el que más templos logre derrumbar, el que coceche la mayor cantidad de apodos para los que no se le parecen y encarcela a todos los que viven y mueren más allá de los límites de sus propias creencias.
Así vivimos y morimos, y los que siguen sosteniendo que van a años luz de nuestra, digamos con sus propios téminos, atrazada civilización (solo porque no tenemos grandes avenidas, escaleras eléctricas en todos los rincones ni figuras como de sofacama humano), van por el mundo pateando la lonchera de los demás, haciéndose pis encima de la profe, para que al final los papás, otros igualitos a ellos mismos, los colmen de besos y regalos.
“Ahí tienes hijo, el mundo es tuyo”.
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María Santos
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domingo 3 de mayo de 2009
Sobreescritura de las historias familiares

(en realidad no recuerdo de dónde saqué esta ilustración)
Todos los días y con más fuerza, siento como ella hace un esfuerzo casi sobrehumano y habla fuerte y claro, para que todos la oigan y no quepa la menor duda. Ella camina por ahí con las manos sobre el viento, proclamándose la reina de lo imposible, padeciendo ese terrible delirio de exclusividad que llena la piel de gran cantidad de personajes cercanos.
Es el resultado de una historia personal implacable e irreductible, sobre la que ha tratado de escribir una y otra vez, con plumazos fuertes y cortantes, llenos de tinta y de líneas pesadas, que hablan mucho, muchísimo, pero que terminan acuchillando el lienzo sin que las historias anteriores a ella cambien…
No la culpo.
Tanto tiempo dedicado a reconstruirse, a huir lejos de sí misma y proclamarse como vencedora de todo lo que ha dicho no ser, para descubrir que sigue andando la misma senda, vistiendo los mismos colores, y aunque agita otras banderas, se le cansan los brazos y le duelen, los baja por instantes y repite en voz alta para quienes la quieran escuchar que ella sigue ahí, que ni se les ocurra dudar un segundo de su compromiso, que ha sido la única que sigue llevando los pendones más pesados (así los lleve sobre un carrito del supermercado), que claro…
Claro, sería estúpido decir que no se esfuerza y que no ha logrado grandes cosas.
También sería estúpido decir que su obra es consecuente en todas las partes que la componen.
Quizá no tiene mal corazón, ni malas intenciones. A muchos les sigue llegando su voz, a veces extenuada y rota, a veces fuerte y convincente. Sin embargo, otros ya conocen su libreto, los puntos de giro del escape que no concluye, y ya no se sorprenden con un guión que termina y empieza, como el señor de los anillos o cualquier otra mala película.
Sospechamos que ella sabe que algo anda mal, que hay algo que se le escapa conscientemente. Ella sabe que su guión necesita profundas correcciones de estilo. El asunto es que a ella no le interesa, o quizá no le de la gana, y en realidad se precia de ese lienzo de superficies rasgadas con paisajes y relatos que parecen no cambiar.
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domingo 12 de abril de 2009
inmóvil

www.squareamerica.com
no es fácil.
desde que recuerda, quizá desde que la luz hirió sus ojos por primera vez, siempre ha sido el más grande y cruel reto despegarse de la inmovilidad e imitar el ritmo de sus semejantes, todos atareados en la inmensa misión de conocer el mundo, hasta en sus más deshonrosos secretos, hasta quedar hastiados y poseidos por la náusea de conocimientos, de horas llenas de quehaceres, de personas que pasan y pasan, algunos saludan, otros van de paso... a veces parece una competencia por ver quién recoje más saludos en cada vuelta del sol sobre la tierra.
dale dios, parece gritar desde el fondo toda esa multitud acelerada, pensando en cómo gastar su vida palmo a palmo, para que al final no quede sino el polvo sobre la carne. dale dios, dale, andá más rápido.
lentamente vuelve a la superficie de las calles, a ese camino lleno de gente, poco a poco deja que la luz le invada de nuevo, desmigajando cada rincón de su ser, acomodándose para alcanzar, al menos por un segundo, eso que los demás llaman ganarse la vida, eso que ha dado en llamar, seguir un poco el paso, dejarlos pasar de prisa, en resumen: ser como le de la gana.
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María Santos
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miércoles 11 de febrero de 2009
Curar y perdonar

He sido esta noche una mala persona, y cada vez siento que tengo más práctica en ello. Sabía que un día iba a pasar, o mejor dicho, que alguna vez me iba a hacer falta sacar lo más monstruoso, lo más oscuro de mí...
No me arrepiento, no creas, no.
Solo así podré arrancarme esta angustia que por oleadas viene y me quema, para que con cada golpe y con cada gota, la oscuridad se purifique y se convierta nuevamente en el antídoto contra la mala hierba que hay en cada uno.
Un beso en el alma.
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María Santos
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miércoles 14 de enero de 2009
Árbol sagrado
La noche era clara, como iluminada con un sol nuevo y resplandeciente. No había nubes en el cielo y la ciudad se perdía lejana con sus luces y su ruido de fin de semana.
El fuego ardía afuera de la casa. Una mujer atizaba sus brasas y traía la leña para iniciar la ceremonia. Sentados en el corredor, todos reíamos de cualquier tontería, hablando de las pequeñas cosas que pasan, tratando de distraer los sentidos antes de iniciar el viaje.
La noche caminaba despacio, y mientras toda la gente esperaba sentada en algún rincón, el altar iba tomando forma. Las tazas sobre la mesa sin mantel, imágenes sagradas, algunos cacharros y en medio de todo, muchas plantas y del bejuquito, todas mezcladas y maceradas por las manos sabias de un ave antigua, que pronto empezaría a crecer y a llamar al dios para que tomara posesión de nuestros cuerpos.
No era la primera vez que estábamos allí, ya antes habíamos ido a esa misma casa a las afueras de la ciudad. A algunos no los conocía, aunque sabía que no sería para ellos algo nuevo; otros eran los amigos de siempre, esos a los que ves en medio de la chuma y te les acercas casi hasta asfixiarlos, todo para que la angustia de conocer un pedacito de la eternidad no se lo lleve a uno.
Esperamos aún un largo rato. Ya todos empezábamos a tener un poco de hambre, e incluso varios alcanzaron a dormir una corta siesta. Cerca de la media noche, frente al altar preparado dentro de la casa, el taita se paró ataviado con todos sus cascabeles y trajes, acompañado por varios hombres, que lo acompañarían esta noche.
El remedio venía metido en una botella de gaseosa (como todo lo sagrado, debía contener alguna contradicción). El olor amargo de las plantas que lo componían se empezó a regar por todas partes, igual que el olor del incienso para purificar el espacio. Lentamente todos fuimos abandonando nuestros lugares acercándonos a la mesa en fila, primero los hombres, luego las mujeres.
Después de tomar el remedio, todos nos dispersamos buscando un lugar, algunos junto al altar, otros junto al fuego que la mujer seguía cuidando celosamente. Muy despacio el agua amarga comenzó a llenar las venas de todos los presentes. El taita, como un ave antigua, alzó su vuelo cobijando todo el paisaje con sus alas inmensas; dos tigres y un oso empezaron a caminar muy cerca, alejando a los malos espíritus.
Poco a poco los sonidos comenzaron a cambiar, a hacerse más profundos y fuertes, los colores doblaron su intensidad y el cuerpo se empezó a confundir con los elementos de la tierra.
Una bandada inmensa de ojillos negros brillaron por entre los árboles; eran búhos diminutos que observaban desde lo alto. Una espiral verde cubría todo lo visible, mientras el fuego iluminaba a lo lejos templos magníficos de oro y piedras preciosas. Una maloka blanca y luminosa se alzó de la tierra en medio de una laguna sin límites. El silencio se llenaba del sonido de las brasas ardiendo, de cascabeles, de pasos… junto al fuego alguien tocaba una eloína, que llevaba al remedio a hacerse más y más fuerte.
Pronto comenzó a hacer frío, y las nubes descendieron lentamente hasta posarse sobre el suelo, transformando el paisaje en una capa blanca y brumosa.
Aunque el viaje cesó en ese momento, mi cuerpo temblaba furiosamente, tratando por todos los medios de despojarse de una especie de materia negra, pero sus raíces eran tan profundas que no podía despegarse de mí. Estaba tan cansada por las violentas sacudidas que finalmente me acerqué al taita y le pregunté porqué pasaba esto. Me dijo que algo estaba bloqueando al remedio, pero que no me preocupara, que todo acabaría a la hora de la sanación.
Esperé pacientemente hasta que la noche estuvo madura como una fruta. El taita, luego de tocar algo con su guitarra, nos llamó a varios para sentarnos juntos: era la hora de la sanación. Igual que la anterior vez, el mal se reveló gritando y pujando por todos los rincones de mi cuerpo, que temblaba y se retorcía, golpeándome la cabeza, estirando todas mis extremidades, hasta que la ortiga y el incienso y los cascabeles y la música y la guaira hicieron que me abandonara.
Totalmente cansada, el ave puso sus manos sobre mi cabeza. Poderosas y llenas de toda la fuerza de los astros y del dios, me devolvió la quietud y la visión hacia todo lo que los sentidos no perciben por sí mismos.
Nuevamente inició el viaje hacia la redención (como diría Seratti). Volvió la espiral de la eternidad rodando a toda velocidad, y al fondo se iban revelando las imágenes amadas de los seres más queridos. Un tren llevaba a mi abuela viajando por toda Siberia, y un niño cabalgaba un corcel blanco que le había regalado su abuelo hacía mucho tiempo. Los templos se dibujaron nuevamente, creciendo vertiginosos hacia el cielo. Un pájaro de todos los colores abría sus plumas y se convertía en el mar inmenso. Y por fin, en medio de un paisaje lunar, el bejuco crecía blanco e intenso, como un rayo que subía hasta la inmensidad del cosmos y volvía hasta las manos del ave sabia que lo repartía a los presentes.
Después de beber el agua amarga que quita la sed del alma siempre queda el deseo de seguir bebiendo de la fuente inagotable del espíritu del universo, y renovarla con la purificación personal.
Todo el amor y el arrepentimiento se quedaron en mis ojos y en el alma. Cansada cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño.
Vuelvo lentamente, despejando mis demonios, amando intensamente, esperando con paciencia a que el destino alcance su justa rectificación.
Amaneció el día muy frío, con el cielo encapotado. Afuera todavía quedaban algunos alrededor del fuego, otros dormían y unos más preparaban café en la cocina. Las imágenes de la noche volvían en cortas oleadas, de las que quedó solo el agotamiento y la calma.
El taita y su familia salieron muy temprano hacia su casa, lejos hacia el sur. Poco a poco todos fueron alistando sus maletas y de uno en uno fuimos abandonando la casa. Me fui sola, caminando hacia la ciudad, esperando ver de nuevo el mundo conocido con otros ojos, esperando el calor de los brazos amados.
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María Santos
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